La ideología de género ya no se cuela. Se instaló. Penetró los colegios de las regiones con la disciplina de un ejército silencioso. Lo de Olmos —niños vestidos de mujer para un desfile escolar— no es un error. Es el síntoma. Es el producto directo del marxismo cultural de Gramsci y de la Escuela de Frankfurt, sembrado durante años en el sector público. Profesores convertidos en operadores políticos de la izquierda peruana. Funcionarios que usan el aula como trinchera. Y niños reducidos a material de ensayo.
La escena lo dice todo. Un colegio público donde nadie controla nada. Donde las autoridades “descubren” el problema cuando ya es viral. Tierra de nadie. Y peor aún: tierra de irresponsables. No saben lo que hacen sus empleados. No saben cómo se usan los recursos del Estado. No saben qué les están enseñando a los alumnos. El bosque está incendiado y ellos siguen mirando el árbol.
No existe objetivo pedagógico alguno en obligar a un menor a negar su naturaleza biológica. No existe currículo que lo justifique. No existe ciencia que lo respalde. Pero sí existe ideología. Y esa ideología se ha incrustado en el sistema educativo estatal al punto de convertir actividades escolares en espectáculos denigrantes.
Esto confirma lo que venimos diciendo hace décadas: el estatismo es incapaz de respetar la dignidad humana. Mucho menos la inocencia. Por eso es urgente separarlo de la educación, de la salud, de las pensiones y de la economía. Solo así recuperamos soberanía individual y evitamos que el Estado siga violando derechos en nombre de la “igualdad de oportunidades” y de la “educación integral”.
El problema no es el desfile. El problema es el monstruo. Un Estado ideologizado que ya perdió límites éticos. Y cuando un Estado cruza esa línea, las reformas liberales ya no se debaten: se imponen como un deber moral.
Escrito por José Luis Tapia Rocha, economista y Presidente de 5R